Disimular : (Del lat. dissimulāre). 1. tr. Encubrir con astucia la intención. U. t. c. intr. 2. tr. Desentenderse del conocimiento de algo. U. t. c. intr. 3. tr. Ocultar, encubrir algo que se siente y padece. Disimular el miedo, la pena, la pobreza, el frío. U. t. c. intr. 4. tr. Tolerar, disculpar un desorden, afectando ignorarlo o no dándole importancia. U. t. c. intr. 5. tr. Disfrazar u ocultar algo, para que parezca distinto de lo que es.

12/29/2005

Manchas Rojas.

Nació una mañana de octubre. El aire olía a invierno y menta. Llovía. Faltaba demasiado para la primavera, y por eso su nacimiento fue raro. Nadie la esperaba, nisiquiera las flores. Cuando se pudo sostener sobre la rama, desenvolvió sus dos alas y las agitó lentamente para acostumbrarse a ellas. Se sentía bien. Entendía que algo había cambiado, que ya estaba completa, pero no podía recordar de dónde venía, qué había sido; qué se había transformado. Miró sus alas con atención. Eran de un rojo fuego y estaban moteadas de negro. Decidió que le gustaban. Volvió a batirlas, pero esta vez para volar. Su cuerpo se separó de la rama y lentamente se alejó del lugar donde había vuelto a conocer el mundo. Volaba sin cuidado, de una forma irregular, desordenada, y sin embargo era hermoso verla flotar en el aire, como si nadara en un lago de luz. La lluvia todavía caía sobre las hojas y ella bailó con las gotas que se derramaban sobre sus alas. El agua acariciaba su vuelo, lo acompañaba al compás de la tormenta que ya se acababa. Una pluma roja que no sabe dónde caer, decía la brisa; o quizá una hoja de otoño perdida entre las estaciones, pensaban los árboles; o tal vez un trozo de sueño a medio despertar, susurraba el pasto.
El viento se llevó las nubes, y el sol se colocó en el centro del cielo. El mediodía mató el rocío, y la pluma o el sueño o la hoja se posó sobre un tulipán. El tulipán, algo inquieto, le murmuró :
- Es temprano, no tenés que estar acá.
- ¿Dónde tengo que estar? - le respondió el sueño; pluma; hoja.
- No tenés que estar... - dijo extrañado el rosal.
- ¿Cuándo tengo que estar?.
- No creo que vuelvas nunca más.
- ¿Por qué? Si yo quiero volver, ¿por qué no puedo?
El tulipán desconcertado pero divertido le repitió :
- No tendrías que estar acá.
El par de alas rojas no comprendía las verdades de un tulipán. Decidida, batió el aire como un soplo rojo de verano y voló de nuevo.
Hacía calor, un calor frío de invierno. Ahora era la luz la que jugaba con el pétalo colorado; o la tela de una caperusa traviesa; o el pedazo de arcoiris. El rojo se convertía en fuego y después en naranja y luego en bordó. Desdibujaba el cielo azul y lo resaltaba, lo estallaba. Era un baile de colores en el mes del gris y el negro. Y el par de manchas rojas lo disfrutaba. Caía en el aire y volvía a subir con los rayos de luz; y se perdía; y volvía a encontrarse.
Cuando el sol bajó, el cansancio tocó los colores de las alas, que desendieron hasta encontrar una hoja de acacia. El cielo se tornó de color violeta, amarillo y naranja. La oscuridad empezó a cubrir todo y las sombras se desparramaron por el mundo. El silencio también llegó, tarde pero seguro y en un abrir y cerrar de ojos todo fue diferente. También fue diferente para el par de alas. Las fuerzas empezaron a faltarle, y el miedo empezó a invadirla poco a poco, como una raiz que se entierra más y más en un suelo de roca. Ya no había luz ni agua. Ya no había olor a menta. Las manchas batieron otra vez el aire, tratando de volar hacia el oeste, por donde se había escapado el sol. Pero fallaron. Y en el negro de la noche, el rojo se apagó para no volver nunca más.

12/27/2005

El viento y un espejo.

No era un sentimiento alegre o gracioso. Tampoco era uno de colores. Y ni hablar de los que son como cosquillas cuando hace calor. De hecho, era triste, de esos que son marrones y chiquitos como las hormigas; molestos y difíciles de encontrar. Nadie lo había llamado, y sin embargo estaba ahí, abajo del ombligo de Dolores, chillón y movedizo.
Dolores era una chica normal, o por lo menos eso decía ella. Tenía el pelo largo y castaño, de ese tipo de pelo que le gusta a cualquier chico de 17 años, medio ondulado y medio lacio, como arena ni muy caliente ni fría. Y definitivamente eso era lo que resaltaba sus ojos, redondos y serios. Tenía dos, muy raros y caprichosos, que decidían cuándo brillar y cuándo apagarse , sin importar lo que quisiera Dolores. Pero además, eran...bueno, sólo digamos que eran especiales. Podían reflejar todo lo que las personas sentían, pensaban y querían, y gracias a eso, Dolores siempre entendía mejor que nadie a sus amigos. Pero, había un problema. Dolores no podía ver dentro de ella misma. Y seguramente fue por eso que la tristeza se metió dentro de su panza.
Nadie sabía qué hacer con Dolores, que día a día se deshojaba. Ya no se reía ni salía, ni siquiera hablaba. Y con el tiempo también sus ojos empezaron a cambiar. De oscuros pasaron a marrón quemado, y luego se apagaron como una chispa. Y entonces, Dolores se miró al espejo, y se dió cuenta de que su pelo, sus ojos, su boca y sus manos eran de color gris. Cuando lo notó, decidió que ya no necesitaba la luz del sol o el blanco de la noche, y se acostó en su cama y no se volvió a mover.
Durante un tiempo sus amigos y su familia intentaron sacarla a comer helado de frambuesa, llevarla a pasear en el zoológico, hacerla mirar películas de johnny depp y darle chocolate sin naranja, pero no había caso. Era como las estatuas vivientes de las plazas, sólo que no se movía aunque le dieran monedas ( aunque no creo que hallan tratado de darle ). Los días pasaron, y todos decidieron que era mejor esconder el problema en algún agujerito y olvidarse de todo. Eso hicieron, y se olvidaron de todo excepto de limpiar la cama para que no se cubriera de polvo. Y los días pasaron y la gente cambió, y las cosas crecieron, pero Dolores siguió igual, gris y sin ojos caprichosos, como una piedra en el medio del bosque.
Hasta que un día, un retazo de viento decidió entrar en la habitación de la chica para jugar un rato y se encontró con el ser vivo más triste que había conocido.
- ¿No vas a salir afuera? - le preguntó
Pero Dolores no respondía, porque se había olvidado de las palabras y de las respuestas. El viento se dió cuenta de esto, y decidió que le seguiría hablando, porque él nunca había conocido a alguien que se hubiera olvidado de oir si se quería escuchar.
- Hace un muy lindo día afuera, acaba de llover. Hay un arco iris enorme, ¿sabés?. Creo que el sol está un poco enojado, porque al arcoiris le falta un color, y no puede acordarse cuál. Quizás vos sepas. Como te veo acá muy seguido, puede ser que te acuerdes.
Dolores miró lentamente por la ventana y por primera vez en mucho tiempo, la luz del sol se resvaló por sus ojos y su nariz, hasta que llegó a su boca.
- Bueno, si no te acordás del todo, tal vez te pueda decir cómo ayudarte.
La luz empezó a entibiar poco a poco la piel y los labios de la chica, y se derramó dentro del cuarto.
- Necesitás colorearte - le dijo el viento.
Y Dolores cerró los ojos y soñó, y cuando se despertó, era el violeta del arcoiris.



Para Lola