Manchas Rojas.
Nació una mañana de octubre. El aire olía a invierno y menta. Llovía. Faltaba demasiado para la primavera, y por eso su nacimiento fue raro. Nadie la esperaba, nisiquiera las flores. Cuando se pudo sostener sobre la rama, desenvolvió sus dos alas y las agitó lentamente para acostumbrarse a ellas. Se sentía bien. Entendía que algo había cambiado, que ya estaba completa, pero no podía recordar de dónde venía, qué había sido; qué se había transformado. Miró sus alas con atención. Eran de un rojo fuego y estaban moteadas de negro. Decidió que le gustaban. Volvió a batirlas, pero esta vez para volar. Su cuerpo se separó de la rama y lentamente se alejó del lugar donde había vuelto a conocer el mundo. Volaba sin cuidado, de una forma irregular, desordenada, y sin embargo era hermoso verla flotar en el aire, como si nadara en un lago de luz. La lluvia todavía caía sobre las hojas y ella bailó con las gotas que se derramaban sobre sus alas. El agua acariciaba su vuelo, lo acompañaba al compás de la tormenta que ya se acababa. Una pluma roja que no sabe dónde caer, decía la brisa; o quizá una hoja de otoño perdida entre las estaciones, pensaban los árboles; o tal vez un trozo de sueño a medio despertar, susurraba el pasto.
El viento se llevó las nubes, y el sol se colocó en el centro del cielo. El mediodía mató el rocío, y la pluma o el sueño o la hoja se posó sobre un tulipán. El tulipán, algo inquieto, le murmuró :
- Es temprano, no tenés que estar acá.
- ¿Dónde tengo que estar? - le respondió el sueño; pluma; hoja.
- No tenés que estar... - dijo extrañado el rosal.
- ¿Cuándo tengo que estar?.
- No creo que vuelvas nunca más.
- ¿Por qué? Si yo quiero volver, ¿por qué no puedo?
El tulipán desconcertado pero divertido le repitió :
- No tendrías que estar acá.
El par de alas rojas no comprendía las verdades de un tulipán. Decidida, batió el aire como un soplo rojo de verano y voló de nuevo.
Hacía calor, un calor frío de invierno. Ahora era la luz la que jugaba con el pétalo colorado; o la tela de una caperusa traviesa; o el pedazo de arcoiris. El rojo se convertía en fuego y después en naranja y luego en bordó. Desdibujaba el cielo azul y lo resaltaba, lo estallaba. Era un baile de colores en el mes del gris y el negro. Y el par de manchas rojas lo disfrutaba. Caía en el aire y volvía a subir con los rayos de luz; y se perdía; y volvía a encontrarse.
Cuando el sol bajó, el cansancio tocó los colores de las alas, que desendieron hasta encontrar una hoja de acacia. El cielo se tornó de color violeta, amarillo y naranja. La oscuridad empezó a cubrir todo y las sombras se desparramaron por el mundo. El silencio también llegó, tarde pero seguro y en un abrir y cerrar de ojos todo fue diferente. También fue diferente para el par de alas. Las fuerzas empezaron a faltarle, y el miedo empezó a invadirla poco a poco, como una raiz que se entierra más y más en un suelo de roca. Ya no había luz ni agua. Ya no había olor a menta. Las manchas batieron otra vez el aire, tratando de volar hacia el oeste, por donde se había escapado el sol. Pero fallaron. Y en el negro de la noche, el rojo se apagó para no volver nunca más.

