Verde marcador
Ese día le tocaba regar las plantas. El deber era una formalidad, todo el mundo lo sabía, pero él prefería la metodológica organización de una rutina declarada. Con parsimonia, se sentó sobre el borde de la cama, apagó el despertador (aunque hacía años que se despertaba antes de que sonara), se vistió y revisó el almanaque estampado en la puerta. Cada dos días se podía ver (en el almanaque, por supuesto) una cruz verde que atravesaba las diagonales principales del cuadradito numerado correspondiente. Día de plantas, te contaba él, si le preguntabas.
En un principio se suponía que el sistema funcionara por turnos. Una vez ella, una vez él, y así. Todo muy organizado. De esa manera a cada uno le tocaba regar cada cuatro días, que es un tiempo suficiente, y no menos, que a veces no alcanza ni para acordarse. Pero, claro, nadie se esperaba lo del invierno con nieve, y las rutinas son bichos un tanto flacuchos. No aguantan el frío y se mueren de nada. Muy delicadas. De todas maneras, él se las apañó para seguir regando. Acomodó los horarios y la cosa le quedó cada dos días. Increíble. Hay que admitir que el esfuerzo que hizo es sobrenatural. Por lo menos para alguien de su edad.
Las plantas no se riegan solas – le contestaba muy serio a los que le pedían que vendiera la casa y se dejara de joder. Tenía muchos amigos, o había tenido alguna vez, antes del invierno ese en que se le enfermó la rutina. Bichos muy delicados. Como las plantas.
Después de servirse el café y comer dos medialunas de manteca, salió a la terraza y trepó por la escalerita hasta el techo.
El invernadero era un armatoste de metal pintado de azul. Nada muy estético, apenas un cuadrado que sobresalía de las demás casas en la cuadra. Los vecinos no estaban muy conformes y habían reclamado en la municipalidad que se hiciera algo al respecto; cárcel o una de esas multas con tantos ceros que a uno se le van las ganas de hacerse el rebelde con el gobierno. Pero los de la municipalidad no le prestaban mucha atención al asunto. Además, si al tipo no le daban ganas de hacerle mantenimiento a su invernadero (no desde la nieve), era cosa suya.
Cada planta necesita una determinada cantidad de agua. Ni más, ni menos. Lo justo. – te explicaba él si lo acompañabas a regar – Y hay que hablarles. Mucho. Decirles la verdad y acariciarlas. Así, ¿ves? – y acariciaba los malvones mientras les llovía agua con la regadera. Nadie las había contado, pero había muchas plantas en ese invernadero. Filas y filas de macetas con Ficus, margaritas, albaca y enredaderas. Todas verdes, algunas florecidas.
El invernadero es de ellas – Te respondía si le preguntabas por qué no las podaba; por qué dejaba que las enredaderas se comieran las paredes y los vidrios. Todo el mundo le decía que era demasiado trabajo, que no iba a poder. Que las regalara y seguramente alguien las iba a cuidar tan bien como él. Pero él amablemente decía que no, y seguía mojando, una por una, las macetas y los platitos de porcelana.
Regarlas todas le llevaba el día entero, y para cuando terminaba, desde el invernadero se podía ver el sol entre los edificios y las fábricas de humo y muy, muy a lo lejos, el río. Ese día, cuando terminó, con cuidado, bajó la escalerita (siempre le resultaba más difícil bajarla que subirla), entró en la cocina y se lavó las manos, llenas de tierra y coloradas de tanto levantar la regadera. Se preparó un plato de sopa, fue hasta su habitación y, antes de acostarse, revisó el almanaque. Dentro de dos días le tocaba regar las plantas.


4 Comments:
Me alegra mucho comprobar que aunque te toques las narices durante siglos sin escribir, cuando vuelves a hacerlo lo haces como debes: bien, pulcro, metódico y con esos brochazos delicados que metes de vez en cuando. Los has pulido, o al menos eso parece (afortunadamente) así que aver si dejas de ser tan vago de mierda y escribes más :)
un beso
9:39 a.m.
los conejos te extrañan.
6:05 p.m.
Y entonces? Hay algún fragmento en particular que te haya gustado? (tus textos son lindos)
9:57 p.m.
Y es que a veces uno tiene ganas de escribir, y otras no, serenate que cuando tus venas griten "¡TINTA!" tinta les darás.
Ah, gracias por hacerme conocer el fragmento que te gustó.
5:26 p.m.
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