El jardín de atrás
El de la inmobiliaria nunca me habló del jardín de atrás. Las plantas no estaban cuando compré la casa. De eso estoy seguro.El jardín de atrás
La primera vez que la vi yo estaba caminando por Alem al fondo, cerca de vieytes. Me había quedado sin puchos y el kiosquito de la estación estaba cerrado, así que había caminado un par de cuadras hasta el paso a nivel. Era mediodía, y había un sol de puta madre. No había un alma en la calle, y yo me estaba poniendo nervioso. Necesitaba los puchos o un café, y con 32º grados de temperatura la idea de tomar un café no me alegraba el día. Mi hermana siempre me decía que fumar me iba a matar, que iba a estirar la pata sin pulmones. "Vas a quedar como fiambre" siempre me gritaba cuando yo me fumaba 20 en un día. Pero ahora sé que estaba equivocada. Son esas plantas de mierda las que me van a matar.
Después de comprar los puchos y un agua tónica di media vuelta y empecé a caminar, pero me acordé que no tenía encendedor en casa de los viejos, y yo odio los fósforos. Se apagan cuando más los necesitás, se acaban antes de tiempo o te queman los dedos. Y mis viejos odian los encendedores. Dicen que no son confiables y que pueden sacarte un ojo si revientan, algo que me parece bastante pelotudo. Cuando mi vieja casi vuela media cocina por creer que un fósforo estaba apagado y el horno prendido, les compré un microondas que nunca usaron.
Con el encendedor en la mano prendí un cigarrillo. Levanté la cabeza y la vi. Una casa enorme, de dos pisos. Techo a dos aguas, de paredes blancas y enmarcada en verde. Tres ventanas daban al frente, y no había jardín adelante. Yo nunca la había visto y por eso me llamó la atención.
- Disculpame, ¿ esa casa está ahí desde hace mucho? - le pregunté al kiosquero.
El flaco se me quedó mirando, con los ojos despectivos, casi como si me quisiera escupir
- Sí, hace mil. Está a la venta me dijeron -
Me quedé quieto un momento, pensando.
- Ah, gracias - le llegué a contestar. Después cruzé la calle y, todavía no sé por qué, anoté el número de la inmobiliaria.
La casa es grande por dentro. Tiene tres baños, cuatro dormitorios, un comedor, una cocina espaciosa y tres cuartos más. De hecho, es enorme. Demasiado para mí. Nunca entendí por qué la compré. No estaba tan harto de mis viejos. Tal vez fue la insistencia del de la inmoviliaria, repitiendo mil veces que el precio era de locos, que era la mejor oportunidad de mi vida. Casi como si quisiera deshacerse de la casa. Bueno, eso es lógico, era un vendedor. En general a los vendedores no les importa mucho lo que venden, y hasta podría decir que odian lo que ofrecen, que se lo quieren sacar de encima de una puta vez, como si les quemara las manos y les recordara algo que hicieron hace mucho, mucho tiempo.
Vivir solo fue algo nuevo durante demasiados años. Creo que nunca me acostumbré. Pocas veces llevé mujeres a la casa. Para ser sincero, pocas veces llevé mujeres a ningún lado. Tampoco tengo muchos amigos. Apenas si me hablo con el turco y dos pibes de la secundaria alguna vez al año, para los cumpleaños si me acuerdo. Las personas no están hechas para confiar. Nacemos solos y morimos solos dijo alguien alguna vez, y es la frase más verdadera que escuché en toda mi vida. No es que sea uno de esos sociópatas que hacen volar por los aires toda la cuadra y aparecen en los diarios y las noticias. Al contrario, amo salir los viernes a las 2 de la mañana a tomar algo con flacos del barrio, o a buscar minas en un boliche. Pero de eso no pasa. No me gusta intimar con nadie. Es peligroso. Uno nunca sabe cuándo te pueden morder el culo cuando estás mirando para otro lado.
La casa es "vacía". Tiene pocos muebles; unas mesas, el horno, la cama, unas sillas y un ropero. Ni cuadros, ni cajones, ni bibliotecas ni nada que junte polvo o suciedad. Además vivo solo, así que no tenía sentido traerme otra cosa que mi ropa y un lugar para dormir. Mis viejos insistieron en llenarme de porquerías y chiches. Querían que tenga una computadora, muchos libros, estantes y boludeces así. Pero simplemente les dije que no. Si iba a vivir solo entonces tenía que hacer todo solo. Desde cocinar hasta elegir qué cubiertos guardar en la cocina. Vivía bien cuando recién me había mudado y vivo bien ahora. Los problemas empezaron en el patio.
La cocina da a un patiesito en la parte de atrás de la casa. Un cuadrado de cemento rodeado de cuatro paredes, nada interesante. La verdad nunca me importaron ni las plantas ni los animales. Son cosas viles, destructivas. Organismos vivientes que compiten entre sí para conseguir lo que quieren. O sea comer y tener sexo. Y lo peor de todo es que atraen a más de los suyos. Nunca en mi vida tuve un perro o un gato o un cáctus. Una vez, de chiquito, unos amigos de mis viejos me regalaron un hámster para mi cumpleaños, de esos de color marrón y pelo cortito. Al día siguiente amaneció muerto. ¿Esperaban otra historia? No. Esa es la verdad de las mascotas o las plantas. Cosas que crecen se reproducen y mueren sin dejar otra huella que una cagada en sus jaulas. Después al inodoro y es historia vieja.
Durante un tiempo el patio no me llamó la atención. Tiraba las colillas de los puchos ahí cuando estaba en la cocina, y creo que alguna vez jugué a la pelota contra la pared del fondo. Hasta que aparecieron los brotes. No sé cuándo ni cómo, simplemente estaban ahí. Eran las 6 de mañana de un sábado de septiembre y yo había vuelto de un boliche a unas cuadras. Estaba algo borracho. Fui a la cocina por un vaso de agua y los vi. Cosas que salían del piso del patio. Habían roto el cemento. Lo habían quebrado. Debían tener 3 o
Mi hermana vino a visitarme una vez durante esas semanas. Quería saber cómo estaba todo, cómo era mi vida, si estaba bien y esas cosas. No me había comunicado mucho con mi familia desde la mudanza. A veces las costumbres y el amor familiar dejan de existir cuando uno no los usa o practica seguido. Se oxidan y desaparecen. Y también puede ser que parte de esas costumbres y amor sean falsos, una regla para poder convivir más fácil, una regla de la que nunca se habla pero que está, siempre está.
- ¿ Y cómo está todo ?- Ella siempre tuvo fácilidad para las palabras. Siempre fue mucho mejor hablada que yo.
- Bien, qué sé yo. Normal -
- ¿ Ya tenés novia ? -
- ¿Qué decís? Estás loca -
- Bueno nunca se sabe con vos, lo mismo te podés morir que no nos enteraríamos -
- No jodás, che -
Esas eran las típicas charlas con mi hermana. Unos mates y al carajo. Nada de frases retocadas y adornadas y de falso amor. Odio los juegos de palabras entre dos personas cercanas. Que se extraña, que se necesita, que se necesita más, que nadie me quiere, que yo te quiero. No, ¿para qué?. Es asqueroso. Igualito a pisar en falso.
- Sabés, se me lleno el patio de plantas y me rompen todo el cemento. No las puedo sacar. Siempre vuelven - Era lo único que podía contarle, lo único interesante.
- A ver, mostrame.
La llevé al patio, a mostrarle los brotes.
- Pero si son un montón de hojas secas. Esperá, traigo una escoba y las barro -
- ¿Cómo hojas secas? No ves los tallitos ahí? Las plantas de mierda esas no paran de crecer - Arranqué una con enojo y se la mostré.
- Dejá de decir boludeces, ahora traigo la escoba
- No, no importa -
- ¿ Seguro ? Mirá que no tengo problema en barrer -
- Te digo que no son hojas secas. Seguro, andá -
- Bueno, entonces me las tomo, hermanito -
- Sí, sí, andá.
La acompañé hasta la parada del colectivo y nos despedimos. ¿Cómo puede ser que tu familia no confíe en tu palabra?. Es algo que me incomoda mucho. Me desespera. Las mentiras de la sociedad y de las personas son ilimitadas. Esas ideas me asquean, me ponen los pelos de punta.
Unos meses después, las plantas empezaron a tener espinas y ya no pude cortarlas. Se esparcieron por todos lados y cubrieron todo el patio. Las paredes y el suelo eran verde oscuro y el cemento desapareció. Intenté todo para matarlas, pero nada sirvió. Los herbicidas eran como agua, y el fuego no las quemaba porque estaban demasiado verdes. Así que terminé por rendirme.
Hace un mes entraron en la cocina. Lentamente rompieron la ventana y se desparramaron por la pileta y las cañerías. Las paredes están resquebrajadas y el techo húmedo. Ahora parecen haberse detenido un poco, como si entrar a la casa les costara más. Crecen más lento y con menos espinas. Pero yo ya no me gasto en cortarlas. Yo sé que ellas me van a terminar matando. Las plantas me van a matar.

