Disimular : (Del lat. dissimulāre). 1. tr. Encubrir con astucia la intención. U. t. c. intr. 2. tr. Desentenderse del conocimiento de algo. U. t. c. intr. 3. tr. Ocultar, encubrir algo que se siente y padece. Disimular el miedo, la pena, la pobreza, el frío. U. t. c. intr. 4. tr. Tolerar, disculpar un desorden, afectando ignorarlo o no dándole importancia. U. t. c. intr. 5. tr. Disfrazar u ocultar algo, para que parezca distinto de lo que es.

8/19/2006

Te miro y nos reímos

Te encontré mucho antes de conocernos. Ella y yo todavía no nos habíamos peleado, por lo menos no de muerte, y vos llevabas esas cosas rosadas en la cabeza que siempre te quedaron tan bien pero que, en algún momento, decidiste hacer desaparecer. En realidad, en ese entonces, a mí no me interesaste demasiado. Me quedabas lejos y yo siempre la iba a tener a ella. Además, estaba mi mejor amigo, aunque creo que vos nunca te diste cuenta. Gracias a Dios, porque a él ahora le va estupendamente bien y, si hubiera sido de otra forma, yo no estaría escribiendo este cuento. Pero, igual, me pareciste bastante linda. O bonita. Así que, por lo menos, me sabía tu nombre y esas cosas rosadas en tu cabeza que siempre te quedaron tan bien.
Claro, los dos sabemos que nos conocimos en la casa de una de mis amigas. Pero vos nunca supiste que yo tenía que conocerte. Tenía, porque mi mejor amigo me había pedido que lo hiciera. Y yo, como buen compañero que soy, no le iba a negar el gusto. Así que te dije Hola y vos me respondiste Hola, y nos miramos pero no dijimos mucho más, porque vos lo tenías a él, que siempre iba a estar, y yo la tenía a ella, que iba a estar para siempre.
Algún tiempo después, eso cambió, por lo menos para mí. Pero yo no tenía por qué acordarme de vos, que, encima, según me habían dicho, hacías cosas malas. De todas maneras, por si las dudas, me sabía tu nombre y esas cosas rosadas que te quedaban tan bien pero que ya no usabas.
Creo que pasaron un poco los meses y entonces nos saludábamos como si nada. Vos empezaste a concurrir ese grupo de gente y me visitabas algunos días. En realidad, yo sabía que no me visitabas a mí, sino al lugar en donde yo estaba. Pero igual, cuando entrabas, yo te miraba fijo como tanto me gusta hacer y vos te reías y me sacabas la lengua o te hacías la distraída. Después me lo reprochabas, claro, pero en broma, y yo me daba cuenta de que, tal vez, esas cosas malas que habían dicho de vos no eran tan ciertas. Ahora, de algo más que decir un Hola o mirarte y reírnos los dos, nada, porque vos todavía lo tenías a él y yo no estaba para mariposas en la panza o caricias en la punta de la oreja, porque sabía que duelen y que, a veces, las mariposas mueren y uno vomita cadáveres de insecto marchito que caen a la tierra y desaparecen arañando el pizarrón. Así que nada, mejor no.
Entonces, no hace mucho, vos me soplaste al oido y me dijiste cosas lindas. O bonitas. Y yo no entendí muy bien lo que pasaba, porque de algo más que un Hola y reírnos nada, y cómo puede ser que esta chica me diga esto. Me contaste que ya no lo tenías a él y yo me sentí mal por vos. Porque cuando eso pasa te obligan a crecer y ya no podés confiar en las cosas ni en la gente. El mundo ya no dura para siempre y entonces entendés por qué el teatro griego y clásico tiene dos máscaras, una alegre y una triste. Las telenovelas ya no son tan fantasiosas y leer un cuento te hace llorar, y detestás, amás sentir el olor del tercer banco de la plaza de la esquina en donde él se sentó con vos hace cuatro años y que si las paredes hablaran....
Pero vos seguiste explicándome que te gustaba hablar conmigo y yo me puse feliz y contento y me pareció que algún día, cuando te sintieras mejor, te iba a invitar a tomar un licuado, porque detesto el café, y a comer un tostado, porque no me gusta el chocolate.
Pasó un poco más de tiempo, menos que antes pero más que algunos días, y volvimos a charlar. Vos parecías enojada y resultó que hablabas con él. Claro, cómo no te ibas a enojar si el imbécil aquel arruinó una relación de cinco años y no sé cuántos días y para colmo es un enfermo desquiciado. Para que te sintieras mejor, te invité a pasear por ahí, pero no para nada más, porque no te podía invitar para algo más si vos tenías el pecho en carne viva y te sangraba como si te hubieran clavado un destornillador y lo hubieran retorcido cuatro veces. Creo que vos entendiste todo al revés, y me dijiste que no, que era buena idea pero que no, porque las cosas estaban jodidas y cuando están jodidas no se pueden joder más o revientan, explotan en mil pedazos.
Entonces llegó la primera de las dos noches. Yo fui a ese lugar grande a escuchar a ese grupo de gente que tenía tanto para decir, y vos estabas ahí. Bonita y sin las cosas rosadas en la cabeza. Te miré, me miraste, nos miramos y nos reímos un poquito, porque de algo más que un Hola, nada. Pero, resultó que, más tarde, nos encontramos en uno de esos cuartos tan oscuros y horribles. Había gente, ese grupo de personas que tanto tenía para decir y que vos conocías y a mí me gustaría conocer algún día. Yo estaba callado porque, en ese momento, no conocía a nadie, no demasiado, y estabas vos, y cuando hay gente, mariposas y ruido a mí me agarra la timidez. Se me sube por los pies, me hace cosquillas en las manos y me termino tapando los ojos para hacerme invisible y que nadie me pueda ver. Igual, vos sí podías verme y me dijiste que hable, que no sea tonto, y yo me relajé un poquito y tontié y vos te reíste y yo también y me sentí el bobo más feliz del mundo. Entonces, se apagaron las luces y me acosté, porque ya era hora de dormir, pero no al lado tuyo, porque yo no soy un degenerado ni mucho menos. Me puse a tus pies y apoyé la cabeza entre tus piernas, que estaban calentitas, y cerré los ojos un rato nomás. Me sentía bien, de verdad, pero al chico de al lado no le pareció lo mismo, así que me dijo que me acostara al lado tuyo, que no sea infeliz. Yo le respondí que no, que cómo iba a hacer tal cosa, pero vos dijiste Dale vení y abriste un poco de sábana para que me tapara, así que fui, no sin sentirme rojo y contento. Me estiré lo más discretamente posible y me puse a mirar el techo. Y charlamos. Charlamos toda la noche. Digo charlamos porque los dos lo hicimos, y no fue una de esas charlas que en realidad son monólogos fríos como un pedazo de hielo que hay que ponerse cuando tenés un chichón. Y justo cuando empecé a, entró el muy desgraciado del pibe ese, y dijo que nos teníamos que levantar. Así que nos levantamos y yo me fui a dormir a mi casa y desaparecí y ya no nos vimos más ese día.
Después vino la segunda noche y los dos volvimos a ese lugar enorme a ver a ese grupo de gente que tanto tenía para decir. Aunque esa vez parece que no hubo tanto para hablar, porque al rato de llegar, apagaron las luces y nos mandaron a dormir. Así que nos acurrucamos a un costado todos, la gente, vos y yo, y, de vuelta, volví a quedar a tu lado. Vos te dormiste rápido y yo me quedé hablando con una chica que se había sentado al lado mío, porque yo no soy mal educado ni mucho menos. Y entonces la chica, en medio de la noche, me preguntó si vos me gustabas, y yo me sorprendí mucho, porque nunca me lo había preguntado nadie, ni siquiera yo mismo, y cómo era que esa chica se había dado cuenta tan rápido, no era posible, si yo no soy nunca tan obvio. Entonces la chica me dijo que había gestos, cosas, jueguitos que eran delatores y yo me sentí bastante imbécil. Me dio vergüenza y le dije que no, que no me gustabas, porque mirá si vos estabas oyendo y se armaba la podrida. No, mejor que no me gustes y salí de mi cabeza ahora mismo. Me di vuelta y me dormí, bastante molesto. Pero me despertaron, y, no sin reírse, me dijeron que me mirara, que era un sinverguenza, que no fuera pícaro. Obediente, me observé con atención. Me miré abrazarte, me miré tocarte y te vi; te vi atrapar mi mano, muy suavemente, sin ser obvia, para que nadie se diera cuenta . Vos seguías dormida, y yo me tuve que levantar y no me animé a preguntarte cuando te despertaste. Nos paramos los dos y yo me fui a mi casa, bastante enojado; enojado y asustado. Me sentía raro, porque no entendía qué era lo que vos querías. A mí me gusta imaginar que, en realidad, sí sabías a quién le rozabas la mano esa noche. Lo hiciste porque querías decirme algo pero no te animabas. De algo más que un Hola, nada, pensaste.
Así que fui a verte la tarde del día siguiente, y me agaché en frente tuyo y te miré fijo, como siempre me gusta hacer, hasta que te reíste y me preguntaste qué pasaba y yo te dije que nada, que te miraba para molestarte, y vos te tapaste los ojos y quisiste hacerte invisible. Pero ya no pudiste, porque yo te conocía de ojos a labios, de nariz a cuello, de pies a pelo y no te iba a perder de vista nunca más.