Y un día, después de tanto, tanto tiempo, escribí de
nuevo. Supongo que una parte de mí, algo que se había perdido en algún momento
y en cierto lugar, volvió. No sé con exactitud por qué se fue, aunque sí tengo
mis sospechas de qué lo hizo (¿mé hizo?) volver. Espero que esta vez se quede
un buen rato.
Este cuento, si se puede llamar como tal, me llevó
un par de semanas y muchas correcciones, muchos ctrl + x y shift + insert,
varios delete, demasiados por favor leelo y decime qué te parece, por favor
leelo de nuevo y decime otra vez, tardes de no hacer nada de lo que tenía que
hacer solamente para que quede bien una puta oración y mucha, mucha
frustración. Así y todo no me termina de convencer pero no importa, ya está,
basta, Dante, publicalo de una vez en Facebook y que sea lo que el señor
quiera. Es la primera vez que nadie y todos lo leen, porque de las anteriores
pasadas que algunos selectos tuvieron que sufrir, quedó poco y nada, a lo mejor
oraciones perdidas y la idea (espero...)
Si les gusta y quieren leer más, tengo una acumulación
hamsteriana de cuentos de mi anterior etapa de pseudoescritor en este mismo blog, que
por algún motivo celestial y místico todavía vive en la red. Los invito a pasar
y agendarlo porque, espero, voy a estar usandolo bastante seguido. Muchas
gracias y perdón por las molestias. Los dejo con el cuento, ahora sí:
Sueño
Un día soñé que la muerte era
violeta. Luz en el cielo y después hambre. Hambre atroz, desesperada,
hambre sanguinolenta que empezaba en mi vientre y trepaba hasta meterse por un
ojo. El mundo se quemaba y nadie parecía notarlo excepto algún pájaro.
Lo irremediable era el asunto del
tamaño ya que no había a dónde escapar. De eso yo estaba seguro porque lo redondo
del horizonte era evidente. No importaba el camino, cualquiera me traía de
vuelta. La ausencia de las nubes era lo más preocupante o simulaba muy bien
serlo, incluso de noche y sin estrellas -ni una- porque entonces los colores en
el cielo eran terribles y no cualquier otra cosa. No había lugar a donde ir, en
fin, que no me insinuara lo que yo no quería asumir. Así que corrí o por lo
menos eso me pareció, porque en algún momento y después de no pensarlo
demasiado, la ciudad estaba ahí.
Los edificios eran inconfundibles,
de ventanas onduladas y sin vidrios, aunque los ángulos rectos no siempre se
cumplían al pie de la letra y más de una vez se doblaron a simple vista. Me vi
entrar por algún lado -las entradas no eran obvias en esa ciudad ni tampoco las
puertas- y caminé sin pensar cuánto porque el tiempo era improbable o
inexistente, a veces demasiado frenético, y la continuidad de los eventos era
más bien una sensación térmica; un pellizco en la nuca para que no me olvidara
de que la molestia seguía ahí. No sé
cuántos había. Edificios, quiero decir. Demasiados o uno sólo, en fila o desordenados.
Me era imposible contarlos. Abandonados por cosas tristes; quizás las mismas
cosas tristes que alguna vez los construyeron pero que ya no existían o se
habían escapado. O no, a lo mejor no. Nunca lo supe. Tampoco estuve seguro de la
consistencia de los pisos por los que caminaba, que eran de pasto a veces, de asfalto
otras, pero no le di demasiada importancia al asunto; a nadie le interesan los
pisos. Yo estaba preocupado por el naranja en el cielo que se acercaba
sospechosamente a los azules y negros y porque de las nubes no había ni
noticias.
La ciudad no tenía plazas ni
tampoco faroles pero me acuerdo de los árboles. Árboles largos y oscuros de
aspecto cruzado que se comían las veredas, trepaban por las ventanas y
enfermaban el cemento de los edificios. Me acuerdo porque era difícil
entenderlos, saber cuándo empezaban y cuándo ya eran otra cosa, otro árbol, una
pared o una rama. Había que mirarlos en cierto ángulo y de costado para que
fueran algo más que un montón de angustia seca. Pero lo complicado, lo
verdaderamente casi imposible era no verlos. Estaban en las esquinas, en las
diagonales, en cada ochava y en todas las escuadras falseadas de adoquines y
ladrillos. Se alimentaban y crecían y crecían gigantes y quietos y se
alimentaban. Si tenían alguna respuesta, si sabían cómo salvarse, no lo compartieron
ni yo la supe escuchar.
Supongo que lo peor fueron las
personas. No eran muchas. Las encontré en las calles, esperando las cosas que
esperan las personas de ciudades tristes abandonadas. Me veían pasar, con caras
flacas y despreocupadas, y me sonreían o movían las cejas, ausentes a lo que yo
ya creía intuitivo. Se me ocurrió que lo difícil del problema era la
incertidumbre de no tener a nadie que contestara las preguntas y que las
personas, de caras flacas o no, tendrían que ser mejor consuelo que yo mismo. Así
que me acerqué, no sin antes pensarlo varias veces, y les pregunté sobre las
ventanas y la falta de vidrios o sobre el pájaro y el hambre, pero todos me
respondieron con palabras calladas sobre la improbabilidad del clima o las
obligaciones de los lunes. Los miraba escucharme y sin embargo no entendían los
gestos cada vez más espectaculares de lo que me parecía ser algo importantísimo.
No quise quedarme. No con ellos. El delirio en espiral era cada vez más
insoportable y las ideas, de cierta viscosidad, se me diluían en la tonalidad
de las luces del cielo. Necesitaba seguir, pero no podía concentrarme ni
recordar si la ciudad era el bosque o si las espinas habían sido ventanas.
Intenté razonar una explicación, aferrarme a algo que me sirviera para
esconderme detrás de una piedra o construir un búnker, pero era tarde; en
realidad siempre había sido tarde. El color del cielo era irremediable y yo
sabía que no existía solución, que lo único que me quedaba era la angustia de
lo relativo y que, a lo mejor, fuera o fuese todo mentira. Si hacía fuerza…si
cerraba los ojos; si de verdad quería, el horizonte no sería redondo, la luz no
sería violeta, los gestos de las personas no serían mudos y el pájaro no
estaría gritando. Finalmente entendí que estaba solo. Todo lo que era silencio
-los edificios y las ventanas, las palabras calladas y los pisos, los árboles
complicados y el pájaro- se atoró en ese tiempo inexistente y, cuando ya no
pudo más, se soltó. El hambre escondida en el ojo se transformó en un vértigo
violento que me quemó la garganta mientras la tormenta en el cielo sin nubes se
comía lo demás.
El terror no fue instantáneo porque
primero, siempre, viene la desesperación del despertar. Ese momento exacto,
casi milimétrico en que uno recuerda todo y después, apenas después, nada. Lo
que sea que teníamos, cualquier cosa de la que estábamos seguros de ser dueños
absolutos desaparece no sin antes robarnos un pedacito de lo que éramos tres
segundos atrás. No saber, no poder salir del laberinto que para colmo es
vertical y la duda que, si es lo suficientemente larga, hace nido debajo de un
párpado y te deja ciego los sábados por la tarde cuando atardecer o amanecer
son cuestiones del reloj. Grité, desaparecí y abrí los ojos. El sueño se había
ido. El violeta no. Estaba en las paredes de la habitación y en las arrugas de
la sábana transpirada. Estaba en la luz que entraba por la persiana casi
cerrada. Estaba en la sombra que me salpicaba la boca. Ahora sí el terror
me invadió y salí de la cama para abrir la ventana.
Afuera, detrás del marco, el mundo
existía y nadie parecía notarlo excepto algún pájaro. El caos, los monstruos y
las sombras se habían metido en el violeta de las cosas y esperaban la
inevitabilidad del hambre. Puede que la sangre -tanta- no fuera solo mía.