Disimular : (Del lat. dissimulāre). 1. tr. Encubrir con astucia la intención. U. t. c. intr. 2. tr. Desentenderse del conocimiento de algo. U. t. c. intr. 3. tr. Ocultar, encubrir algo que se siente y padece. Disimular el miedo, la pena, la pobreza, el frío. U. t. c. intr. 4. tr. Tolerar, disculpar un desorden, afectando ignorarlo o no dándole importancia. U. t. c. intr. 5. tr. Disfrazar u ocultar algo, para que parezca distinto de lo que es.

9/27/2016

Nirvana

Todavía me acuerdo el día en que Mariano, el mismo que me había prestado el cd -Tomá, escuchá esto, haceme caso -, me lo contó, un poco divertido por mi pregunta, un poco triste por su respuesta. Kurt se había volado la cabeza con una Remington hacía ya seis años. Ni él podía ir a verlo a un recital, ni yo bajar temas nuevos en el Kazaa.

Nirvana fue la primera banda que realmente me gustó. Tenía todos los ingredientes que un adolescente, por lo menos uno de mi estilo, podía querer. Esa música terrible, también triste, llena de imágenes y locura. Me bajé pacientemente todos los CDs (la cosa de bajar música en la internet de 512kbps era bastante heróica; los virus acechaban en cualquier .exe y el porno -del bueno- era difícil de conseguir) de una discografía corta pero con temas increíbles que me dejaban tirado horas y horas en la cama. Cuando no encontré más, fui a lo de Mariano y le pregunté cuándo salía el nuevo CD. 

Mariano me dijo que a Kurt lo mató la gente. Personas que no lo dejaron hacer lo que le gustaba ni tocar lo que quería. Pobre Kurt. Hay que estar muy enojado para reventarte la jeta con una escopeta. O muy triste.

9/15/2016

Sueño



Y un día, después de tanto, tanto tiempo, escribí de nuevo. Supongo que una parte de mí, algo que se había perdido en algún momento y en cierto lugar, volvió. No sé con exactitud por qué se fue, aunque sí tengo mis sospechas de qué lo hizo (¿mé hizo?) volver. Espero que esta vez se quede un buen rato.

Este cuento, si se puede llamar como tal, me llevó un par de semanas y muchas correcciones, muchos ctrl + x y shift + insert, varios delete, demasiados por favor leelo y decime qué te parece, por favor leelo de nuevo y decime otra vez, tardes de no hacer nada de lo que tenía que hacer solamente para que quede bien una puta oración y mucha, mucha frustración. Así y todo no me termina de convencer pero no importa, ya está, basta, Dante, publicalo de una vez en Facebook y que sea lo que el señor quiera. Es la primera vez que nadie y todos lo leen, porque de las anteriores pasadas que algunos selectos tuvieron que sufrir, quedó poco y nada, a lo mejor oraciones perdidas y la idea (espero...)

Si les gusta y quieren leer más, tengo una acumulación hamsteriana de cuentos de mi anterior etapa de pseudoescritor en este mismo blog, que por algún motivo celestial y místico todavía vive en la red. Los invito a pasar y agendarlo porque, espero, voy a estar usandolo bastante seguido. Muchas gracias y perdón por las molestias. Los dejo con el cuento, ahora sí:





Sueño



Un día soñé que la muerte era violeta. Luz en el cielo y después hambre. Hambre atroz, desesperada, hambre sanguinolenta que empezaba en mi vientre y trepaba hasta meterse por un ojo. El mundo se quemaba y nadie parecía notarlo excepto algún pájaro.

Lo irremediable era el asunto del tamaño ya que no había a dónde escapar. De eso yo estaba seguro porque lo redondo del horizonte era evidente. No importaba el camino, cualquiera me traía de vuelta. La ausencia de las nubes era lo más preocupante o simulaba muy bien serlo, incluso de noche y sin estrellas -ni una- porque entonces los colores en el cielo eran terribles y no cualquier otra cosa. No había lugar a donde ir, en fin, que no me insinuara lo que yo no quería asumir. Así que corrí o por lo menos eso me pareció, porque en algún momento y después de no pensarlo demasiado, la ciudad estaba ahí.

Los edificios eran inconfundibles, de ventanas onduladas y sin vidrios, aunque los ángulos rectos no siempre se cumplían al pie de la letra y más de una vez se doblaron a simple vista. Me vi entrar por algún lado -las entradas no eran obvias en esa ciudad ni tampoco las puertas- y caminé sin pensar cuánto porque el tiempo era improbable o inexistente, a veces demasiado frenético, y la continuidad de los eventos era más bien una sensación térmica; un pellizco en la nuca para que no me olvidara de que la molestia seguía ahí.  No sé cuántos había. Edificios, quiero decir. Demasiados o uno sólo, en fila o desordenados. Me era imposible contarlos. Abandonados por cosas tristes; quizás las mismas cosas tristes que alguna vez los construyeron pero que ya no existían o se habían escapado. O no, a lo mejor no. Nunca lo supe. Tampoco estuve seguro de la consistencia de los pisos por los que caminaba, que eran de pasto a veces, de asfalto otras, pero no le di demasiada importancia al asunto; a nadie le interesan los pisos. Yo estaba preocupado por el naranja en el cielo que se acercaba sospechosamente a los azules y negros y porque de las nubes no había ni noticias.

La ciudad no tenía plazas ni tampoco faroles pero me acuerdo de los árboles. Árboles largos y oscuros de aspecto cruzado que se comían las veredas, trepaban por las ventanas y enfermaban el cemento de los edificios. Me acuerdo porque era difícil entenderlos, saber cuándo empezaban y cuándo ya eran otra cosa, otro árbol, una pared o una rama. Había que mirarlos en cierto ángulo y de costado para que fueran algo más que un montón de angustia seca. Pero lo complicado, lo verdaderamente casi imposible era no verlos. Estaban en las esquinas, en las diagonales, en cada ochava y en todas las escuadras falseadas de adoquines y ladrillos. Se alimentaban y crecían y crecían gigantes y quietos y se alimentaban. Si tenían alguna respuesta, si sabían cómo salvarse, no lo compartieron ni yo la supe escuchar.

Supongo que lo peor fueron las personas. No eran muchas. Las encontré en las calles, esperando las cosas que esperan las personas de ciudades tristes abandonadas. Me veían pasar, con caras flacas y despreocupadas, y me sonreían o movían las cejas, ausentes a lo que yo ya creía intuitivo. Se me ocurrió que lo difícil del problema era la incertidumbre de no tener a nadie que contestara las preguntas y que las personas, de caras flacas o no, tendrían que ser mejor consuelo que yo mismo. Así que me acerqué, no sin antes pensarlo varias veces, y les pregunté sobre las ventanas y la falta de vidrios o sobre el pájaro y el hambre, pero todos me respondieron con palabras calladas sobre la improbabilidad del clima o las obligaciones de los lunes. Los miraba escucharme y sin embargo no entendían los gestos cada vez más espectaculares de lo que me parecía ser algo importantísimo. No quise quedarme. No con ellos. El delirio en espiral era cada vez más insoportable y las ideas, de cierta viscosidad, se me diluían en la tonalidad de las luces del cielo. Necesitaba seguir, pero no podía concentrarme ni recordar si la ciudad era el bosque o si las espinas habían sido ventanas. Intenté razonar una explicación, aferrarme a algo que me sirviera para esconderme detrás de una piedra o construir un búnker, pero era tarde; en realidad siempre había sido tarde. El color del cielo era irremediable y yo sabía que no existía solución, que lo único que me quedaba era la angustia de lo relativo y que, a lo mejor, fuera o fuese todo mentira. Si hacía fuerza…si cerraba los ojos; si de verdad quería, el horizonte no sería redondo, la luz no sería violeta, los gestos de las personas no serían mudos y el pájaro no estaría gritando. Finalmente entendí que estaba solo. Todo lo que era silencio -los edificios y las ventanas, las palabras calladas y los pisos, los árboles complicados y el pájaro- se atoró en ese tiempo inexistente y, cuando ya no pudo más, se soltó. El hambre escondida en el ojo se transformó en un vértigo violento que me quemó la garganta mientras la tormenta en el cielo sin nubes se comía lo demás. 

El terror no fue instantáneo porque primero, siempre, viene la desesperación del despertar. Ese momento exacto, casi milimétrico en que uno recuerda todo y después, apenas después, nada. Lo que sea que teníamos, cualquier cosa de la que estábamos seguros de ser dueños absolutos desaparece no sin antes robarnos un pedacito de lo que éramos tres segundos atrás. No saber, no poder salir del laberinto que para colmo es vertical y la duda que, si es lo suficientemente larga, hace nido debajo de un párpado y te deja ciego los sábados por la tarde cuando atardecer o amanecer son cuestiones del reloj. Grité, desaparecí y abrí los ojos. El sueño se había ido. El violeta no. Estaba en las paredes de la habitación y en las arrugas de la sábana transpirada. Estaba en la luz que entraba por la persiana casi cerrada. Estaba en la sombra que me salpicaba la boca.  Ahora sí el terror me invadió y salí de la cama para abrir la ventana.

Afuera, detrás del marco, el mundo existía y nadie parecía notarlo excepto algún pájaro. El caos, los monstruos y las sombras se habían metido en el violeta de las cosas y esperaban la inevitabilidad del hambre. Puede que la sangre -tanta- no fuera solo mía.

Joaquín2.docx


-Joaquín….
-¿Qué?
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-¿En serio?
-No.
-¿Entonces?
-¿Entonces, qué?
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-Dale, Joaquín. Por favor.
-Me estoy volviendo loco.
-¿Por qué?
-No sé.
-¿En serio?
-Sí.