Disimular : (Del lat. dissimulāre). 1. tr. Encubrir con astucia la intención. U. t. c. intr. 2. tr. Desentenderse del conocimiento de algo. U. t. c. intr. 3. tr. Ocultar, encubrir algo que se siente y padece. Disimular el miedo, la pena, la pobreza, el frío. U. t. c. intr. 4. tr. Tolerar, disculpar un desorden, afectando ignorarlo o no dándole importancia. U. t. c. intr. 5. tr. Disfrazar u ocultar algo, para que parezca distinto de lo que es.

9/30/2007

La emocionante mitosis

La repugnante visión de la piel humana que se descascara y cae infinitamente hasta el día en que morimos y tal vez todavía más, sobre alguna ropa que hayamos decidido usar para tan especial ocasión. Una y más escamas blancas que florecen en algún lado de nuestros cuerpos. Muchas o menos personas que lo notan sorpresivamente y, delante de todos nuestros conocidos, exclaman frases no demasiado simpáticas. Verguenza interminable, ganas de volver a nuestras casas para escondernos debajo de una sábana. "¿Vamos al parque?" Nunca más y de ninguna manera. Pero, obviamente, esperamos a que termine la fiesta reunión trabajo clase y recién entonces nos dirijimos al baño para comprobar que sí, es cierto. Algo horrible nos crece en de la piel y cae.
Nuestro primer intento es mojar y humedecer con agua, solución que funciona momentaneamente. Pero, después de un rato, comprobamos con creciente frustración que el agua se evapora y ahora es mucho peor. Así que decidimos frotarnos tal vez desesperadamente mientras rezamos, aunque no creyamos en ninguna divinidad, que nadie nos agarre in fraganti. Una lluvia de sequedad y blancura se desprende de nuestro brazo o cara y se dispersa sobre la mesada en donde estamos apoyados o encima de nuestra remera negra. Dato curioso: el setenta porciento de el polvo de nuestras casas es piel de persona. Nos aliviamos apenas; la cascada no disminuye ni mucho menos se detiene. Nos mojamos las manos para facilitar la encaminante tarea y comenzamos a rascarnos con un poco más de fuerza . Las uñas se nos impregnan con algo negro y mugroso que rápidamente nos lavamos en el torrente de agua y jabón pero los benditos pedazos de muerte siguen ahí.
Nuestra tarea se vuelve épica y, olvidando todo lo demás, nos concentramos sólo en el producto de nuestra ejecutante ecuación. Se clavan las uñas en la superficie ya morada de nuestro brazo o cara y tiran, bajan, suben, desgarran, rompen, tiran, bajan, desgarran. La sangre comienza a brotar de las pequeñas y, por el momento, diminutas heridas. Nos detenemos sorprendidos pero sólo por unos instantes. No podemos permitirnos lujosas distracciónes. Excitante arrancarse pedazos de carne, verlos desaparecer en el torrente de agua por la cañería del baño y notar que todavía hay más para seguir desprendiendo. Más emocionante aún sacarse la remera y descubrir con desesperación y emoción que también ahí debajo estamos cubiertos de nuestra propia piel muerta.

9/11/2007

Macarena

Probando, probando, 1, 2, 3, probando. Sí, probando, probando.

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Es de noche. Es de noche y Macarena no quiere hablar. Está quieta; inmóvil. Mira por la ventana y las nubes no dejan de pasar. Afuera hace frío. Llueve. Se escucha un tic, toc, tac, plop, tac sobre el techo de tejas naranjas. A Macarena se le hace insportable. Se tapa los oidos y cierra los ojos, desesperada. Quiere estar sola, quiere desaparecer y hasta las gotas le resultan estúpidas, ridículas. Redondeadas pero no circulares, frías pero no heladas, mojadas pero contentas. Inútiles; imperfectas. Basta, basta, no quiero más, escupe. Y las odia, las odia y quiere romperlas, quebrarlas en mil pedazos, hacerlas llorar, exprimirlas y que exploten. Pero no se anima. Tiene que abrir la ventana y tocarlas y no se anima. Le da espanto.
Una enredadera crece, muy despacio, por la ventana de Macarena. Macarena la mira hacerse grande, la escucha trepar por el vidrio. Una rama se apoya en el metal helado y lo abraza. Algo verde brota y aparece una hoja. Otra hoja. Una más. Cuatro hojas y una última. Chiquititas, diminutas. Quieren entrar, pero la ventana está cerrada. Empujan y empujan, trepan y crecen. La enredadera se hace enorme. Macarena la mira. Quiere arrancarle las hojas, borrarles el verde. Que no entren. Que no entren. Que sangren y griten de dolor, que desaparezcan. Macarena vomita rabia.
Adentro no se puede ver nada. No hay luz, no hay color. Silencio. Macarena se ahoga. Ya casi olvida su nombre. Se hunde como una piedra y desaparece, pestaña a pestaña, gota a gota, color a color. Algo se mueve en la oscuridad. Algo pegajoso, algo peludo y lleno de baba. Macarena lo escucha respirar, lo siente moverse cerca, cada vez más. Patas, pelos, baba que gotea reptan cerca de Macarena y la acechan. Un algo que gime y tiembla. Macarena siente que respiran en su espalda, que la huelen, que la degustan. Pero no se mueve. Lo negro se hace gigante y Macarena tiene miedo. Entonces, algo verde aparece en un borde de la ventana. Una hoja que empuja suficiente y entra. La baba retrocede. Macarena mira hacia atrás y no ve nada. Macarena mira por la ventana y ve la enredadera. Macarena abre la ventana.
Es de noche.